Odio perder porque alguien gozará con la felicidad que me pertenece y se hará feliz de mi desdicha.
Odio tener que decidir si quedarme con una cosa o la otra ya que en mi interior existe una avaricia que me consume.
Odio mis miedos y la cobardía que me cohíben de tener lo que deseo.
Odio la traición y la odio aún más cuando soy yo la engañada.
Odio la conciencia que me juzga sin importarle nada más.
Odio la tradición que me obliga a recorrer las huellas de otros impidiendo que yo haga las mías.
Odio tener que convivir con personas que me distraen del abismo por el cual me quiero arrojar, obligándome a seguir tras un horizonte que, simplemente, no existe.
Odio que las conversaciones y los atardeceres duren menos que un cigarrillo.
Odio los principios y la moral audaz con la que se domina a los más débiles.
Odio que el helado se caiga al suelo después de haber estado en mis manos, y sin haber llegado a mi boca.
Odio que sean las mujeres quienes debamos elegir entre el placer y el deber al momento de dejar fluir el instinto carnal y pasional que nos consume.
Odio a ese prohibido y ajeno deseo que, día a día, rasga mi alma.
Por hacer de mi vida algo confuso, a todas estas y muchas cosas más: ¡Odio!